lunes, 29 de agosto de 2016

RESISTENCIAS


Por suerte, en el interior de la casa se está bien. El sofá es más cómodo de lo que esperábamos y los techos altos dan sensación de amplitud. La cocina cuenta con cuatro fuegos, cafetera y un hornillo. Todo funciona perfectamente. La nevera enfría y el congelador congela. Se nota que el casero es alemán. Su nombre es Hans y se encarga de regar el jardín, podar los árboles, mantener limpia la piscina y proveer a los inquilinos de todo lo que necesiten; ya sea un ventilador, sábanas de lino o un par de crampones. Solemos verlo caminar de aquí para allá con el cuerpo inclinado hacia delante a causa del viento. A veces nos saluda levantando la mano y nosotros, desde la ventana, le mostramos el pulgar, como diciéndole que todo está correcto. Luego volvemos al sofá.

La televisión es antigua y para verla hay que activar el dispositivo de TDT. Lo que ocurre es que no acabamos de aclararnos con los mandos a distancia. Al mediodía intentamos encenderla, se nos hace raro comer sin ningún ruido de fondo, pero siempre fracasamos. Lo único que conseguimos ver en la pantalla es nuestro reflejo hambriento y abombado. Por eso, cuando no estamos durmiendo (las siestas son sagradas), nos pasamos las horas contando las tablas  de madera que Hans tuvo que clavar, una por una, en el artesonado del techo. Hay exactamente ciento cuarenta y cinco, dispuestas a dos aguas, aunque algunos aseguran que son ciento cuarenta y seis. Lo hacen por abrir debate; estar de acuerdo en todo es aburrido y el aburrimiento dinamita cualquier tipo de relación.

El primer día, con la ilusión de zambullirnos en el agua, nos acercamos hasta la piscina. Allí las hamacas se desplazaban de un lado a otro, como poseídas por algún espíritu veraniego, las ramas de los árboles se deshacían en reverencias hasta tocar el suelo y los pájaros, los pobres pájaros, luchaban por mantener su rumbo. Entonces nos dimos cuenta de una cosa, que toda resistencia acaba cediendo, y volvimos en seguida al interior de la casa, a sentarnos en el sofá, a la contemplación silenciosa del artesonado. Las vetas de la madera nos aportan seguridad y esa callada quietud que todo hogar necesita.

Cada mañana, protegidos por los sólidos muros de la casa, despertamos convertidos en meros observadores, testigos mudos del desastre. La insistente velocidad con la que este viento lo zarandea todo nos asusta un poco. Esa es la verdad. La cuerda de tender enloquece, las toallas y los bañadores van a salir volando, sabemos que tarde o temprano lo harán, pero no podemos impedirlo. Las sillas de plástico que había en la puerta llevan días volcadas y los palos que sujetaban la parra (una parra que Hans hizo crecer a modo de sombrajo) están tirados en el suelo. A menudo nos preguntamos si quedará algo en pie, si todavía sigue siendo verano ahí fuera.

Cuando llegamos, hace ya casi un mes, vivíamos muchos en la casa, tantos que apenas había camas para todos. Ahora, sin embargo, solo quedamos media docena; el viento se los ha ido llevando poco a poco. Basta el mínimo descuido, una ventana medio abierta, un arnés sin ajustar, un nudo mal ejecutado, para salir volando como una hoja seca. Por eso antes de irnos a dormir, hacemos recuento. Si falta alguien, rezamos en voz baja, y si no, recordamos a los que se fueron. Los echamos de menos pero así estamos más anchos.

Esto no quiere decir que lo estemos pasando mal. Al contrario. Nosotros no necesitamos largos paseos por la playa ni aplaudirle al sol para disfrutar de las vacaciones. La oración nocturna enriquece nuestro espíritu, el sofá es bastante cómodo y los techos altos dan sensación de amplitud. No obstante, el alquiler de la casa se acabó hace una semana. Hans nos ha dicho que debemos desalojarla en veinticuatro horas o llamará a la policía. Nos da igual. Hemos decidido resistir, luchar contra el viento como esos pájaros que vimos en la piscina. Y si al final no nos queda otra que ceder, si los agentes de la ley entran por la fuerza y nos esposan como a delincuentes, les pediremos que nos tomen declaración, tenemos mucho que contar, preguntarles qué piensan hacer si el viento no amaina, denunciar algunas desapariciones.

domingo, 11 de octubre de 2015

LA SOCIEDAD SECRETA



Foto: Adelardo Camacho



Cuando dos o más miembros de la Sociedad Secreta caminan por la calle desprenden un ligero aroma a sacristía. Además sus zancadas amplias y elegantes dejan entrever algún tipo de urgencia, como si anduvieran por ahí con los secretos a flor de piel, o los llevaran en la punta de la lengua. Es por esto, y también por la capa y el sombrero, que los miembros de la Sociedad Secreta son fáciles de reconocer.
Las esposas de los miembros de la Sociedad Secreta inevitablemente sufren. Se quejan de que cuando se meten en la cama y les preguntan a sus maridos que qué tal en la reunión, ellos siempre les contestan que no pueden contarles nada porque es secreto. Ellas entonces cierran las piernas y les recuerdan que no debe haber secretos en el matrimonio, que eso fue lo que dijo el cura, pero ellos declaran que no recuerdan nada de aquel día y se dan media vuelta y se duermen. 
Todos los miembros de la Sociedad Secreta deben vestir con capa castellana. Solo en caso de bochorno o alergia quedará justificada su falta. Bajo ningún concepto, y con el fin de evitar más contagios por ladillas, se prescindirá de la ropa interior.  
Para pertenecer a la Sociedad Secreta no importa la raza ni la ideología política, hay miembros de derechas y hay miembros de izquierdas. Y también hay un negro llamado Luis Ángel.
Para ser miembro de la Sociedad Secreta hay que ser varón, eso sí. 
Aquí todos sabemos que el alcalde pertenece a la Sociedad Secreta, y que en las reuniones que celebran solo él tiene poder para cagarse en esto y en aquello. Al menos eso es lo que cuenta en los bares, cuando se emborracha.
La sede de la Sociedad Secreta se encuentra ubicada en el número 30 de la calle Judería Vieja, concretamente en el 2º izquierda. Lo sabemos porque eso es lo que pone en la puerta, justo encima del telefonillo, en una placa metálica como las de los notarios donde reza: “Sociedad Secreta - 2º Izqda.”
La mayoría de nosotros ayudamos como podemos a las mujeres de los miembros de la Sociedad Secreta. De tarde en tarde les llevamos palabras de comprensión y juegos mentales para distraerlas, para que no piensen. Otros les llevan libros, otros barajas de cartas, otros proposiciones indecentes. Y ellas dicen que sí a todo. 
Los miembros de la Sociedad Secreta tienen derecho a combinar la capa castellana con sombrero negro de terciopelo y calcetines blancos de punto. También tienen derecho a vestir como se les antoje siempre y cuando permanezcan dentro de su domicilio, con las cortinas echadas y en silencio. 
No es fácil entrar a formar parte de la Sociedad Secreta. Federico Fuelle, por ejemplo, rellenó muy confiado el folleto de inscripción pero fue rechazado porque no le quedaba bien la capa.   
Algunos miembros de la Sociedad Secreta afirman, y con razón, que las ladillas son altamente contagiosas y que ellos no tienen  nada que ver con la plaga que asola la ciudad.
Se cree que Federico Fuelle trama un plan desde hace meses para vengarse de la Sociedad Secreta por el feo que le hicieron. Al menos eso es lo que cuenta en las terrazas de la Plaza Mayor, cuando se templa con el tinto de Ribera.
Debido a la distribución urbanística de la ciudad, todas las calles desembocan a las puertas de la catedral. Allí, cada miércoles por la tarde, unos señores con capas castellanas suelen dejarse ver observando con detenimiento la fachada. Nadie sabe lo que miran, pero eso es lo que hacen. Luego dicen en voz alta cosas como: “Hay que ver qué edificio” o “No me puedo imaginar cuánto tiempo y esfuerzo llevaría construir algo así” o “Para mí el gótico es el estilo arquitectónico que mejor representa la magnificencia de Dios”. 
Las esposas de los miembros de la Sociedad Secreta se reúnen una vez al mes en el número 30 de la calle Judería Nueva para debatir sobre su situación. Entonces entran, se saludan y ocupan su asiento a la espera de ver quién es la que empieza con la ronda de insultos dirigidos a los hombres. 
Solo durante el mes de Agosto y exceptuando a Luis Ángel, los miembros de la Sociedad Secreta pueden ir desnudos a las reuniones, como hizo Genaro Cocota el verano pasado. Desde entonces su mujer no hace más que lamentarse de un episodio ocurrido hace más de cuarenta años en la casilla del huerto de su tío, cuando el mismo Genaro la desvirgó después de que se bañaran juntos en la alberca. 
Es inevitable que con el transcurrir de la tarde y del vino, a las mujeres de los miembros de la Sociedad Secreta se les oscurezca el pensamiento y no hagan más que preguntarse: ¿Y qué harán? ¿Y qué harán? ¿Y qué harán? ¿Y qué harán? ¿Y qué harán? ¿Y qué harán? ¿Y qué harán? Y así se tiran un buen rato, hasta que empieza la telenovela. 
Debido a la distribución urbanística de la ciudad, cuando dos o más miembros de la Sociedad Secreta acuden a una reunión, no les queda otra que bordear la Plaza Mayor al socaire de los soportales. Mientras tanto sus paisanos, acodados en las barras de los bares, comentan por lo bajini si no les dará vergüenza.
Cuando dos o más miembros de la Sociedad Secreta acuden a una reunión, caminan por la calle con el pleno convencimiento de que vistos por detrás pueden parecerse a Batman.  

La Sociedad Secreta no tiene nombre, dieron en llamarla así, Sociedad Secreta, porque dicen  que de ese modo engloba a todas las sociedades secretas del mundo, y porque las prisas no son buenas para hacer las cosas. 
En las reuniones de la Sociedad Secreta, además de intentar establecer un nuevo orden mundial, se discute con bastante frecuencia el tema del serrín en el suelo de los bares. Casi la mitad de los miembros declaran que el serrín es un buen aliado a la hora de barrer, sobre todo cuando llueve y el agua se mezcla con el polvo. Casi la otra mitad, partidarios de que el serrín da aspecto de sucio, se decantan por su entera eliminación y proponen la quema de algunos establecimientos. También los hay que no se pronuncian y se quedan dormidos como niños, con la cabeza apoyada sobre la mesa. Entonces los demás les pintan en la cara bigotes y lunares con rotuladores indelebles, les sacan fotos y luego se marchan a otra habitación para seguir discutiendo. 
La mujer del alcalde dice que en las reuniones de las esposas de los miembros de la Sociedad Secreta  tiene que morderse la lengua cuando hablan de su marido, pero que luego bien que se ríe cuando insultan a los de las demás, o cuando blasfeman sin motivo, o cuando brindan al grito de ¡Viva Astorga! Y eso que todas somos segovianas, añade la buena señora.
La Sociedad Secreta, en pos de aclarar futuros malentendidos, ha manifestado mediante una carta a las autoridades que los señores que cada miércoles miran la catedral tan detenidamente, no son miembros de la Sociedad Secreta, sino unos impostores y unos pedantes.
Antes de poner la placa encima del telefonillo, algunos miembros de la Sociedad Secreta se equivocaban de dirección y entraban en las casas vestidos con las capas negras y los calcetines de punto hasta las rodillas. A veces tiraban la puerta abajo y si no había nadie destrozaban a patadas los muebles para no perder la tarde. Otras veces sorprendían a familias enteras echándose la siesta, otras veces a cuatro parroquianos jugando a la brisca, otras veces al hijo de Don Eusebio fornicando con su cuñada en la banca del comedor. 
Cuando las esposas de los miembros de la Sociedad Secreta se reúnen y no les queda nada para beber, se levantan las faldas y muestran sin pudor las cicatrices que les dejó el parto. 
Todo lo que sabemos sobre la Sociedad Secreta es por lo que cuenta el alcalde al salir de misa, cuando se mezcla, como dice él, con el populacho.
Cuando las esposas de los miembros de la Sociedad Secreta se reúnen en el número 30 de la Judería Nueva y ya no les queda qué fumar,  juran en voz alta que nunca más volverán a llorar por un hombre. 
Por mucho que diga el alcalde nosotros sospechamos que las reuniones de la Sociedad Secreta de las que habla dan para mucho más, y en cuanto se marcha todo el mundo piensa mal sobre lo que hacen o dejan de hacer: que si comen carne humana, que si beben sangre humana, que si se confiesan vegetarianos, que si juran en arameo, que si se van de putas, que si qué sé yo,  etcétera, etcétera. 
De todas las esposas de los miembros de la Sociedad Secreta, la mujer del alcalde es la única que nos informa de lo que hacen las demás, sobre todo cuando se emborracha a la hora del vermut.
Cada uno de los miembros de la Sociedad Secreta debe saber guardar un secreto. Lo que pasó entre el hijo de Don Eusebio y su cuñada en la banca del comedor sería la excepción que confirma la regla. 
Cuando las esposas de los miembros de la Sociedad Secreta se reúnen y no les queda nada qué decir, regresan a sus casas y registran con cuidado el traje de las reuniones que su marido cuelga en el galán, pero lo único que encuentran son caracolitas de mar en los bolsillos de la chaqueta. 
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jueves, 20 de agosto de 2015

ALBERTO Y LOS TURISTAS

Foto: Adelardo Camacho

Alberto tiene varios tatuajes en los brazos y en el pecho. Además es calvo como una bola de billar y aunque no pasa del metro sesenta, su cuerpo rechoncho y fuerte se asemeja al de un guerrero de alguna tribu amazónica. Es normal que los turistas se asusten un poco al verlo.

Alberto les muestra las habitaciones disponibles de la pensión. Solo hay tres y ninguna es bonita. Las colchas de las camas están descoloridas y la humedad dibuja en las paredes manchas con forma de isla. Los turistas se fijan en las telarañas del techo, en las moscas disecadas que cuelgan de ellas, luego salen a ver la piscina. Una línea verde en los azulejos color cían marca el nivel del agua. Los turistas se miran, consultan un plano y hablan entre ellos en voz baja. Se les nota en la cara que no quieren quedarse pero ya es casi de noche y no les queda otra que dormir allí.

Alberto vuelve a su garita y continúa viendo el partido de fútbol. Tiene que hacerlo con el volumen al máximo. La pensión está junto a la carretera que lleva al puerto y cada tres minutos pasa un camión. Los turistas ocupan sus habitaciones, deshacen las maletas y salen a sentarse en las sillas que hay junto a la piscina. Abren una botella de ron y otra de ginebra. Alberto se asoma, ellos le ofrecen un vaso. Él se acerca despacio y les dice que lleva más de diez años sin probar el alcohol. Los turistas se imaginan que debió de tener problemas con la bebida. Ellos no querían traerle malos recuerdos. Entonces Alberto les cuenta que pasó diez años en la prisión de Puntarenas. Salí en el 2003, les dice.


Los turistas no están acostumbrados a conversar con ex convictos y se ponen serios. Alberto  se saca por fuera de la camiseta el rosario que lleva colgado del cuello y cuenta que de joven no atendió a su mamá y se echó a la calle. Los turistas observan que Alberto, mientras habla,  acaricia la cruz del rosario con el dedo pulgar una y otra vez, como si estuviera sacándole brillo. Los turistas creen que ese hombre sería capaz de cualquier cosa. Alberto les cuenta que gracias a un sacerdote, cuando salió de la jaula empezó a trabajar allí, en la pensión, pero que todas las semanas vuelve a la cárcel para visitar a sus amigos. Les lleva papel higiénico, vasos de plástico y tabaco. Los turistas nunca han estado en la cárcel y hacen preguntas estúpidas. Allí dentro no tienes nada, dice Alberto, y lo dice como si ese “nada” lo abarcara todo.

Alberto sigue hablando de la jaula, sobre dar vueltas y vueltas en un patio circular,  siempre bajo el mismo pedazo de cielo, y también habla del tiempo que se escapa entre los barrotes. Los turistas lo escuchan perplejos. Alberto sigue acariciando la cruz y menciona a su amigo Joaquín. Alberto siempre cuenta lo de Joaquín. Les dice que no aguantó más y que se ahorcó en su celda con unos tejanos. Los turistas no habían pensado en la muerte durante todo el viaje. Se les queda la cara larga. Alberto les dice que él reza todos los días, asegura que Dios está con él, y que perdonarse a sí mismo es lo más importante.  Los turistas no dicen nada, qué van a decir, ellos ni siquiera creen en Dios, pero parece que empiezan a comprender y le preguntan por qué lo encerraron. Alberto les cuenta algo sobre una pelea en la que le clavó un bolígrafo en el cuello a alguien. Lo cuenta de una manera confusa, como no queriendo decir toda la verdad. Los turistas piensan que está en su derecho de contar lo que quiera. Alberto continúa y declara que antes la gente se alejaba de él y que ahora es un tipo normal, como  ustedes, les dice a los turistas. Ellos se alegran por él y se lo dicen con palabras torpes aunque sinceras. Alberto les da las gracias. De las ramas de un árbol situado a unos metros de la piscina cuelga algo que parecen sandías. Los turistas le preguntan qué fruto es ese. Jícaras, dice Alberto, son jícaras.

A la mañana siguiente, antes de partir, los turistas le preguntan a Alberto si pueden hacerle una foto. Él está barriendo las hojas secas que caen del jícaro pero responde que sí. No lleva camiseta y todos sus tatuajes están a la vista; posa sin soltar la escoba, esperando el click de la cámara con la mirada fija en el objetivo.

(Para Viki, Ade, Nuria y Alberto)

LA AVERÍA


Por segunda vez en lo que va de noche, llora. Y lo hace incluso con más intensidad que la primera vez, cuando antes de acostarse pensó en las ballenas. El médico ya se lo tiene advertido: Román, no le dé muchas vueltas a las cosas, cíñase al momento. Sin embargo esta noche Román no es dueño de sus lágrimas y se ha despertado en pleno llanto. Rosa, su mujer, harta de sus pucheros a deshora, le ha preguntado que por qué llora esta vez. Román se ha encogido de hombros y le ha dicho que no está seguro, que él estaba durmiendo. Ella no le cree, sabe que su marido es muy sensible, que le bastaría ver a una mosca ahogándose en un charco para iniciar su habitual berrinche. Pero lo cierto es que Román, hasta ahora, nunca había llorado sin causa aparente. Por eso Rosa enciende la luz de la mesilla, se echa la bata por encima de los hombros y baja a llamar a Don Alfredo, que es veterinario y  amigo de su marido. Don Alfredo vive en el segundo izquierda y no tarda en personarse con su pijama de raso azul y un maletín de cuero. Cuando Román lo ve entrar en la habitación inevitablemente arrecia el llanto. Rosa mira hacia el techo, aunque en realidad mira hacia el cielo, hacia Dios, y sale en busca de una toalla; las lágrimas de Román ya empiezan a empapar la almohada.

Don Alfredo se sienta en la cama junto a su amigo y le pregunta qué le pasa. Román, un poco más calmado, se vuelve a encoger de hombros y se deja llorar en silencio. Rosa le dice a Don Alfredo que lleva así más de veinte minutos. Don Alfredo entonces saca un estetoscopio de su maletín y escucha con callada profesionalidad el corazón de Román. Luego, declara que el ritmo cardiaco es normal y que no deben preocuparse, que ya se le pasará la llantina. Pero Rosa no sabe cuándo ocurrirá eso y por si acaso trae una palangana y se la coloca a su marido en el regazo. Las lágrimas de Román continúan brotando y al caer en el recipiente de plástico emiten un sonido hueco, como de gotera. Don Alfredo y Rosa se quedan un rato mirando a Román, hipnotizados por su llanto perpetuo. Al cabo de media hora Don Alfredo adopta una expresión de impaciencia y Rosa le invita a marcharse; él no tiene porque cargar con esto, bastante es que se ha molestado en venir, ¿verdad?, le pregunta ella a su marido. Román levanta su rostro llorado y asiente con dudosa firmeza. Rosa acompaña a Don Alfredo hasta la puerta y regresa al dormitorio preocupada. La idea de que su marido no sea capaz de contener las lágrimas le hace pensar en una avería, en la pintura de las paredes levantada por la humedad, en muebles chorreando, empantanados, como cuando Don Eusebio se dejó un grifo abierto y les inundó el comedor hace unos años.

De nuevo en el dormitorio, Rosa observa a su marido recostado en la cama; él mantiene un lamento constante, al ralentí. Ella le quita la palangana y se la lleva al cuarto de baño para vaciarla. Y es entonces, mirando todas esas lágrimas escapar por el desagüe en forma de remolino, cuando cree tener una solución, y llama a su marido para contársela. Román aparece con su inagotable goteo. Rosa le señala la bañera y le dice que se tumbe dentro, que así todas sus lágrimas caerán por el desagüe y luego irán a las alcantarillas y luego al mar… Y a Román no le queda otra que resignarse, echarse bocarriba y clavar su mirada de lluvia en el techo. Ella entonces le acaricia la mejilla, vuelve al dormitorio y se mete en la cama, y no obstante tarda un poco en dormirse; como si en el fondo le afectara lo de comparar a su marido con un grifo mal cerrado.


(Relato Finalista en Concurso Madrid Sky 2015)

lunes, 22 de junio de 2015

EL TIMO



Aquella tarde la peluquería estaba llena de gente debido a unas ampollas que parecían frenar la caída del cabello. Yo tenía que cortarme el pelo y mi madre estaba molesta porque nunca había tenido que esperar tanto, ¡pero si eso es un timo!, declaró en voz alta, y nos fuimos a casa de Leonor, una joven estudiante que a ratos hacía de peluquera.

Leonor nos invitó a entrar en el salón. Le pregunté si podía encender la televisión y me dijo que sí. Hasta aquí, según recuerdo, todo iba bien: yo era un niño libre de pecado, un niño normal que estaba viendo los dibujos el día antes de su comunión, y Jerry volvía a escaparse de las garras de Tom introduciéndose por las rejas de una alcantarilla. Lo de ese ratón era increíble, siempre se salía con la suya.

Mientras tanto Leonor se afanaba en recortar mis greñas, me decía “baja la cabeza” o “mira hacia a ese lado” o “mira hacia el otro”, jamás, en ningún momento, me dijo que mirara en el interior de su blusa, sin embargo, eso fue lo que hice. El hueco de la manga se abrió y por unos segundos la imagen de su teta izquierda se quedó congelada a escasos centímetros de mis ojos. ¡Una teta en vivo y en directo!, un extraño calor me subió hasta las mejillas, sentí cómo se ensuciaba mi alma e intenté apartar el pecado de la mente, pero fue inútil.

De vuelta a casa mi madre preguntó si me pasaba algo. Yo le dije que no, pero la verdad es que no podía dejar de pensar en la teta izquierda de Leonor, ni siquiera pensaba en la teta derecha, ni en el noveno mandamiento, ni en volver a confesarme, ya era tarde para eso; mi comunión sería una farsa, un timo, igual que las ampollas que vendían en la peluquería.







(Ganador III Premio de microrrelatos Manuel J.Pelaez)

Gracias a Ppk, Mari Carmen, Merche, y a todo el colectivo Manuel JPelaez por un fin de semana en Zafra que califico de inolvidable.

QUIZÁ MÁS AL NORTE




Antes de marcharse, parados en el descansillo, mis padres insistieron en que hacía un día estupendo para sacarla de paseo. Yo les dije que ya vería, que estaba cansado. Mi madre meneó la cabeza y me miró como cuando era niño y no quería hacer los deberes. Está bien, la llevaré a dar una vuelta, les dije. Cerré la puerta y desde la mirilla observé cómo cogían el ascensor.

Quizá más al norte, en Chamberí o por el barrio de Salamanca, no resulte tan extraño ver a una extraterrestre paseando del brazo de un hombre, pero aquí en Carabanchel no es nada habitual. De hecho ni siquiera podemos sentarnos un rato en el parque. Mis padres creen que exagero pero es muy raro que pase alguien y no se quede mirando. Luego lo normal es que empiece a llegar más gente y sin quitarnos la vista de encima formen un corro para chismorrear sobre ella. Los más curiosos hasta se acercan para hacerle una foto. La semana pasada un señor me preguntó si podía tocarla. ¡Váyase a la mierda!, le dije.

La verdad es que desde que ella llegó mi vida ha cambiado. Para empezar, siempre que salimos a la calle tengo que evitar las vías más transitadas, sobre todo cuando hace buen tiempo y las terrazas de los bares invaden las aceras de la plaza de Oporto. La gente nos para como si fuéramos famosos, tan solo para verla de cerca. Ella en cambio no parece enterarse de lo incómodo que me siento. Lo único que hace es sonreír. Sonríe mucho. Todavía no sé por qué lo hace. Yo entonces acelero el paso y rezo para que llegue pronto el invierno. Las mañanas con niebla, por ejemplo, son una delicia. Solemos levantarnos muy temprano, todavía es de noche, y bajamos caminando por la calle General Ricardos hasta la orilla del Manzanares. A ella le gusta tumbarse en el césped a mirar el cielo y las estrellas, quién sabe, a lo mejor hasta puede ver su planeta. Cuando empieza a amanecer emprendemos el camino de vuelta. La mayoría de las tiendas aún están cerradas, pero de vez en cuando nos paramos frente a algún escaparate para mirar las cosas que venden. Entonces la veo reflejada junto a mí, rodeándome la cintura con sus tentáculos, y me acuerdo del día que se escapó. Olvidé cerrar con llave la puerta y cuando llegué de la oficina había desaparecido. Después de buscarla por todo el barrio durante horas no tuve más remedio que empezar a admitir su pérdida. Fue un momento duro, casi no podía respirar, algo me oprimía el corazón, o el pecho, no lo sé. Estaba anocheciendo. Entré en el Faro a tomar una cerveza para ver si me calmaba. De pronto me di cuenta de que hacía meses que no pisaba un bar. Cuando regresé a la calle volví a pensar en ella pero ya no estaba tan angustiado. Para mi sorpresa me encontré con una amarga sensación de alivio. Quizá por eso, cuando llegué a mi casa y la vi sentada en el rellano, pensé que hubiera preferido no volver a verla nunca más. Desde entonces no he vuelto a cerrar con llave.

Hoy hemos estado paseando por los alrededores de la cárcel. Algunos todavía la llaman así aunque hace años que la derribaron. Por uno de sus flancos lindaba con el parque de las Cruces y si continuas caminando hacia el sur, de espaldas al parque, te encuentras con un descampado donde la gente amontona sus electrodomésticos viejos. En primavera suele crecer entre ellos la hierba salvaje y esas flores amarillas que no huelen a nada. Esta tarde nos hemos acercado al único muro de la prisión que dejaron en pie. En él hay pintados montones de grafitis; algunos hablan de la libertad y otros simplemente son los nombres de quienes los pintaron, nombres raros como Yunke, Brassy o Stok. Los he estado leyendo  en voz alta mientras caminábamos. Ella no ha dicho nada. Qué va a decir. Al volver a casa no hemos tenido que acelerar el paso ni cambiar de dirección. Casi parecíamos una pareja normal. Se nota que ya anochece antes y que las calles del barrio se quedan desiertas. Mientras esperábamos el ascensor hemos visto a dos vecinos que han preferido subir por las escaleras. Me han recordado a mis padres. Ellos al principio tampoco  aceptaban a mi novia. Luego fueron tomando confianza y… bueno, ahora vienen a casa todas las mañanas, mientras yo estoy trabajando, para que no vuelva a escaparse. Yo les digo que no hace falta, que no tienen por qué molestarse, que debemos dejarla más a su aire. Les repito casi a diario  que se metan en sus malditos asuntos.

¿Y qué ibas a hacer tú sin ella, hijo mío?, me dicen.





(Finalista en el X concurso de Relato Breve "Jose Luis Gallego")

martes, 24 de marzo de 2015

INSTRUCCIONES PARA VIAJAR EN TREN



Es conveniente que el viajero acuda a la estación unos minutos antes para pensar con detenimiento a dónde se dirige. Un viaje en tren nunca debe tomarse a la ligera. El billete, pasaje o ticket siempre se tendrá a mano en el bolsillo delantero del pantalón, nunca en el trasero. En el supuesto de que se haya decidido viajar con falda, el viajero deberá guardarlo a buen recaudo en su equipaje de mano.

La posición más aconsejable para viajar en tren es la de sentado. Su variante más cómoda consiste en apoyar los pies en el asiento de enfrente, aunque esta acción puede traer graves consecuencias: el interventor no tardará en aparecer y preguntar si es así como el viajero se sienta en su casa. Antes de contestar que sí y despertar algún recelo, se recomienda volver a la postura inicial y mostrarle el billete, pasaje o ticket a modo de distracción.  El empleado o empleada se afanará en verificarlo y se marchará, dejando al viajero con absoluta libertad para volver a colocar los pies donde estime necesario.

Durante el trayecto suele estar bien visto eso de mirar por la ventanilla, sin embargo, tampoco conviene permanecer mucho tiempo; entre cinco y quince minutos viene a ser lo más saludable. Lo de ponerse melancólico es opcional. Se puede admirar el paisaje desde una perspectiva trivial, o bien pensar en el destino, en lo que el tren va dejando atrás y en todas esas cosas que a uno le preocupan; como dije, ambas opciones son válidas.

Una vez que el tren haya recorrido una quinta parte de la travesía, el viajero tiene permitido dormirse aprovechando el leve traqueteo del vagón, pero en ningún caso podrá emitir ronquido alguno. El silencio es fundamental para dar muestras de una conducta ejemplar. Cuando por el contrario la situación se presenta dialogante, debe accederse a ella con gusto y poner interés, o en su defecto, fingir que se pone. De entre los temas mejor valorados destacan: la lógica imprevisibilidad del tiempo, lo mal que está el país, el fútbol (en el caso de que todos los tertulianos sean hombres) y como última opción, y solo si se vieran agotadas todas las anteriores, se podría hablar de las típicas anécdotas que surgen a diario en los pueblos. Bajo ningún concepto y con el fin de no caer en la pedantería, se hablará sobre difuntos, recetas de cocina, informática o amores no correspondidos.

Las maletas deberán vigilarse de reojo, o bien aprovechando el momento de levantarse para ir al servicio; no resulta apropiado molestar a nadie dando muestras de desconfianza. Por el contrario, si fuera uno de los pasajeros  el que genera las molestias (ya sea por el tono de voz empleado al hablar, por el mero hecho de descalzarse o por ir leyendo un libro de autoayuda), el viajero afectado podrá salir al pasillo a rezar, o en el caso de sufrir ateísmo, le estará permitido blasfemar en voz baja hasta que sus niveles de egocentrismo disminuyan y acepte que no está solo en el tren y mucho menos en el mundo.

Cuando el tren aminora la marcha y el viajero comienza a sentirse eufórico por la inminente llegada a su destino, en pos de un último esfuerzo se mantendrá una actitud sosegada, pues no resultaría oportuno despertar envidias a estas alturas del viaje. Lo que se estipula es levantarse con sigilo y reservar para luego cualquier tipo de aspaviento o gesto de entusiasmo. Después se debe esperar en el pasillo hasta que el tren se detenga y se abra la puerta. El viajero entonces bajará las escalerillas de una en una, con cuidado de no tropezar, y ahora sí, ahora  puede sonreír y poner cara de ¡ya estoy aquí!

domingo, 18 de enero de 2015

PESADILLAS DE UN BANQUERO



Debajo de mi cama hay un señor que se llama Ramón.

Lo descubrí barriendo el dormitorio, el cepillo chocó contra algo y cuando me agaché para ver qué era, allí estaba, decúbito supino, mirándome con sus enormes ojos. Me dijo que su presencia no tenía por qué preocuparme, que no me molestaría en absoluto y que llevaba muerto más de cuarenta años. Declaró haber permanecido en aquel lugar desde su trágica defunción, en la misma posición, sin salir bajo ningún concepto.

Decidí llevar el asunto con la mayor naturalidad posible y sin sobresaltos, y quizá por eso hemos acabado haciéndonos amigos. Durante el día Ramón no suele ser muy activo, ni sombras en las paredes, ni ecos de ultratumba, nada; si le dicen a alguien que la casa está habitada por un espíritu no se lo cree. Sin embargo por las noches charlamos durante horas; hace poco me contó que trabajaba en una sucursal y que era alérgico a los gatos. Siempre que hablo con él imagino cómo será su aspecto. La primera vez que lo vi estaba todo tan oscuro… no debe ser muy alto, ni tampoco muy robusto, su voz parece ser la de un hombre frágil, de esos que tienen las manos pequeñas y suaves.
Por otra parte, preocupado por evitar que Ramón caiga en el ostracismo, siempre que puedo le animo a que salga de su escondite, ¡que he dicho que no y es que no!, insiste él. Una noche le pregunté si pensaba pasarse toda la eternidad ahí tumbado y por primera vez le escuché reír. Fue una sensación extraña, tiene una risa muy contagiosa y al final yo también acabé riéndome. La eternidad solo asusta a los vivos, dijo antes de quedarse dormido.

Puede que me esté metiendo donde no me llaman, pero me he propuesto ayudar a Ramón. No soporto pensar que cuando yo me vaya y llegue otro inquilino, él seguirá ahí abajo; a saber qué clase de maniaco podría encontrarlo. Por otra parte no va a ser tarea fácil convencerle de que salga, por ahora solo puedo atribuirme pequeños logros: últimamente se despierta gritando a media noche, aquejado de lo que supongo son las típicas pesadillas de un banquero. Para intentar tranquilizarlo le recuerdo que todo ha sido un sueño y que nada malo puede ocurrirle porque ya está muerto… entonces se echa a llorar y yo dejo caer mi brazo por un extremo de la cama para que me agarre la mano y se calme.


sábado, 20 de septiembre de 2014

CÓMO DECIR QUE NO

Léase con atención. Decir que no puede parecer un acto fácil de ejecutar, una tarea casi infantil, incluso se podría deducir que basta con pronunciar la palabra "no", el monosílabo que mejor expresa la negación, pero nada más lejos de la realidad, el mundo se equivoca, todos lo hacemos, por eso si hurgamos en nuestros recuerdos, descubriremos que siempre nos ha resultado más sencillo decir     que sí.

Pongamos un ejemplo, un tipo camina por la calle, acaba de salir del trabajo y está decidido a disfrutar de las pocas horas de vigilia que le quedan. A priori el sujeto no presenta ninguna preocupación importante y la temperatura ambiente es agradable. Una joven con un chaleco azul y una libreta se le acerca y le pregunta si tiene un minuto, y aquí viene el primer “sí”. El tipo se para y ambos comienzan una conversación, o mejor dicho, una especie de entrevista. Si hubiera dicho que no, ese minuto hubiera sido empleado en alcanzar el objetivo habitual de nuestro viandante anónimo, sin embargo, al decir que sí y acceder a la propuesta, no le queda otro remedio que escuchar a la muchacha y darse cuenta de que no era ese minuto lo único que le demandaba, sino también una cantidad de dinero para personas que tienen problemas mucho más serios que los suyos. Si decir que no antes resultó difícil, decirlo ahora es prácticamente imposible y vale la pena advertir que cuanto más tiempo dure la conversación, más probabilidades hay de que se solidaricen con la causa.

No se engañen, en estos casos en los que peligra la integridad del individuo por falta de compromiso con el sufrimiento ajeno, decir que no puede y debe ser un acto egoísta, mezquino y tacaño. Estos adjetivos en principio asustan, lo sé, pero no tienen por qué ser definitivos a la hora de definirnos, la clave está en el tiempo que nos expongamos a ellos, quiero decir, el tiempo durante el cual nos sean adjudicados, y por tanto no deben representar un obstáculo para nosotros a la hora de expresar nuestra efímera negativa. Ahora supongamos que el tipo se arma de valor y responde que no está interesado en ayudar a los necesitados, seguro que por unos momentos se sentirá ruín y miserable, sin embargo, cuando suba al autobús ya se le habrá olvidado lo mala persona que ha sido, y entonces volverá a pensar en las vacaciones de verano y en el sexo y en lo que va a cenar esa  noche.

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domingo, 20 de julio de 2014

CLARK GABLE

El tonto de Isidoro cuenta unas historias que nadie se cree, como el día que dijo que se había encontrado a sí mismo.

 Greenman
Según parece, aquella mañana no había escuchado el despertador y se levantó a las diez. Isidoro trabaja en un banco, y justo antes de entrar observó que había alguien en su puesto, alguien con su mismo peinado a lo Clark Gable en Lo que el viento se llevó. Intrigado, pegó su nariz al cristal y entonces pudo verlo con claridad. ¡Era él mismo! Sin duda. Además llevaba la camisa de los martes. Un impostor no hubiera sabido qué camisa elegir y se hubiera puesto la de los viernes, o la de los miércoles, quién sabe.

Lo primero que se me pasó por la cabeza, me decía Isidoro, fue entrar allí y deshacer el entuerto, pero al verme trabajar con esa entrega y esa dedicación, preferí contemplarme y sentirme orgulloso de mí mismo. Los clientes salían encantados y me decían ¡Gracias por todo, Isidoro!

En los finales de las historias de Isidoro suele faltar algo. Pero en esta en concreto no sabría decir qué es. Por lo que contó, se estuvo vigilando todo el día: desde el banco se persiguió hasta el gimnasio y después se estuvo acechando en el club Paradise, eso sí, manteniendo en todo momento una distancia prudencial, pues le atemorizaba lo que pudiera decirse uno mismo cuando se tiene enfrente.

Una vez en su casa, esperó en el portal hasta que todo quedó en silencio. Dispuesto a recuperar su vida, entró sin hacer ruido y programó la alarma de su móvil para despertarse al alba. Mañana yo llegaré el primero, se dijo. Y nada, se tumbó en el sofá y se durmió.

lunes, 7 de julio de 2014

BOCHORNO




¿Pero dónde se ha visto un cobrador del frac gordo?, le dije. El tipo se encogió de hombros.

Estábamos sentados en el mismo banco. Él en un extremo y yo en el otro.

Pues nada, dijo. Pues nada, dije.

Al cabo de un rato los silencios dejaron de ser incómodos. Mientras disfrutaba de la compañía muda de aquel hombre obeso y desconocido, estuve un rato pensando en qué pasaría si se desencadenara un holocausto nuclear y, como dicen, solamente sobrevivieran las cucarachas. Parece que está para llover, comentó mi rechoncho camarada. Sí, hace bochorno, contesté.

Los niños que estaban columpiándose fueron solicitados por sus respectivas madres. Poco a poco nos fuimos quedando solos en el parque. El tipo se ahuecaba el cuello de la camisa pero no le servía de mucho. Su enorme papada le ocultaba por completo la pajarita.

¿Y va a estar usted mucho tiempo aquí sentado?, preguntó. No lo sé, le dije. Entonces lo escuché resoplar. El bochorno lo estaba matando. A veces cerraba los ojos y quizá pensara en osos polares, qué sé yo. El caso es que estaba jodido. Si quiere podemos ir a esa terraza, yo invito, me propuso. Aquí estamos bien, declaré yo.

La lluvia no tardó en precipitarse sobre nosotros. Miré hacia arriba y abrí la boca. Me gusta hacer eso. El tipo del frac me miró con cierto asombro. Las gotas de agua caían con mansedumbre sobre su barriga, atraídas por la gravedad. Al cabo de un rato se levantó, tenía la levita calada y cara de perdedor. Mucho gusto en conocerle, me dijo echándose mano a la chistera, y se marchó.


Visto por detrás me recordó a una enorme cucaracha.



                                               
                                                                                                 

miércoles, 25 de junio de 2014

EL ECLIPSE

Corrían los años sesenta el día que dijeron en el pueblo que era el fin del mundo. Yo tenía doce años y no entendí muy bien el significado de todo aquello, pero he de admitir que me asustó el color rojizo del cielo.
Aquella mañana no tuvimos colegio y me quedé en casa. Mi abuela no se cansaba de repetir cómo quería ser enterrada, Vuestro abuelo debajo y yo encima, que si no me falta el aire. Como no me dejaban salir a la calle me senté en el balcón. Desde allí  vi a Facundo, nuestro vecino, soltando sus vacas al grito de  ¡Corred! ¡Sois libres!, y luego les tiró piedras al ver que se paraban a comer la maleza que crecía por las calles.

Don Celso, el cura, andaba calle arriba calle abajo con el rosario en la mano. Los más devotos, temerosos de que algún pecado impidiera su entrada en el reino de los cielos le suplicaban una última confesión, pero  Don Celso se limitaba a trazar una cruz en el aire y con el típico Yo te absuelvo los daba por despachados.
Dijeron que Jacinto, el del bar de la plaza, se bebió media botella de coñac, y que una vez caliente se plantó en la puerta y comenzó a gritar a todo el que pasaba por la calle, ¿Dónde vais infelices? Pasad y tomad la última que yo invito. También dijeron  que el cura fue de los primeros en entrar.

Mis padres, mis abuelos y yo tampoco tardamos en ir al bar de Jacinto. Mi padre dijo que ya que íbamos a morir, antes tomaríamos el aperitivo, y la verdad, a mí eso de morirme no me hacía mucha gracia, pero cuando Jacinto me sirvió una Mirinda para mí solo, pensé que bien merecía la pena un fin del mundo de vez en cuando. Poco a poco, el bar de Jacinto se fue llenando con los clientes habituales, luego llegaron los de la hora del vermut y para sorpresa de todos también apareció por allí Carbajo, el abstemio. Ni en el día de la virgen de Agosto se había visto el bar con tanta gente. Basilio, el más viejo del lugar, empezó a contar la historia de su vida, y mi vecino Facundo, el de las vacas, se arrancó con  las mismas coplas que cantaba en Nochebuena.

En aquellos tiempos las mujeres no frecuentaban los bares, a lo mucho se asomaban para decirle a su marido que la comida ya estaba en la mesa. Mi padre nos contaba que Felipe, el panadero, solía invitar a la suya a tomarse un agua tónica y que la pobre solía entrar y quedarse cerca de la puerta, avergonzándose por el delantal y las zapatillas, y que al rato, se iba en silencio. Pero aquella tarde no, en la tarde del fin del mundo las mujeres dieron palmas y bebieron vino, y cuando mi prima Angelita fue sorprendida besándose con su novio, ni siquiera se puso colorada, Si vamos a morir, lo mismo da, alegó sin tapujos. Tras estas alegres declaraciones, a mi tío, su padre, se lo llevaron los demonios y mi tía, como es normal, se cogió un disgusto que para qué.

Don Amancio, el alcalde, tras hacer un recuento se percató de que faltaba Zacarías. Andará en la vereda con las ovejas, dijeron. Zacarías era pastor desde que aprendió a andar, y todos los días, lloviera o nevara, salía al campo. Además, como estaba sordo, pensaron que lo más seguro es que no se hubiera enterado del inesperado apocalipsis. El alcalde propuso salir en su busca, pero había oscurecido ya y debido al miedo y a la intervención del cura, cuajó más la idea de rezar una oración por su alma.

Y así fue como entre rezos, canciones y viejas historias llegó el hambre. Don Celso advirtió que la última cena debía despertar la misericordia de Dios y todos los vecinos trajeron de sus despensas las mejores viandas que tenían. Jacinto se prestó a terminar las reservas de vino y después de cenar continuó la jarana mientras yo caí rendido en un rincón.

Cuando desperté a la mañana siguiente, el sol que entraba por la ventana del bar volvía a ser de color amarillo. A mi alrededor unos dormían tumbados sobre las mesas, otros sentados en las sillas y los demás tirados por el suelo. Salí a la calle y todo parecía normal. Zacarías, el pastor al que habíamos dado por perdido, pasó con las ovejas por la puerta del bar y al llegar a mi altura me saludó levantando el mentón. Intrigado aún, le pregunté si se había acabado el mundo, pero como estaba sordo, me dijo que no, que no había visto al Facundo.


lunes, 16 de junio de 2014

AFORTUNADO

Era mediodía. Linda cocinaba una lasaña de pollo y yo salí al balcón. El sol brillaba sin calentar. Mi vecina sacudió una alfombra por la ventana y las pelusas cayeron al vacío con parsimonia. En la calle, un tipo abrió el capó de su coche y comenzó a buscar algo. Un viejo se le acercó. El tipo le mostró con discreción lo que había encontrado. Desde lo alto pude ver que se trataba de una pistola. La envolvieron en un trapo y el viejo se la llevó bajo el brazo. El tipo subió al coche y se marchó. El perro del vecino no paraba de ladrar. El horno emitió un pitido. La lasaña estaba lista. Linda sonreía orgullosa con la bandeja en la mano y yo, por primera vez, me sentí afortunado de no ser un pollo.



(Incluido en el libro de relatos “Realismo Sucio, homenaje a Charles Bukowski” de la editorial Artgerust.)


martes, 8 de abril de 2014

CUANDO TOÑITO ENCONTRÓ AL NUEVO INQUILINO

Su verdadero nombre es Jose Antonio, pero todos le conocen como Toñito.

Cuando acabó la carrera de empresariales (con casi cuarenta años) su padre le regaló una bicicleta de montaña y se pasó un año haciendo el camino de Santiago, mi año sabático, como dice él. Desde entonces no sale mucho del barrio. Por las tardes se deja ver en el balcón con un pantalón de pijama y alguna de esas camisetas de superhéroe que lo definen como amante de la informática, los cómics y las pajas a la salud de Pamela Anderson.

Toñito tiene cinco camisas para ir a la oficina: dos de rayas, dos de cuadros y una estampada que se dejó de llevar hace años, pero como ahora dicen que es vintage, él la reserva para los viernes, su día favorito. Los viernes, Toñito sube por las escaleras canturreando una canción de la Oreja de Van Gogh.  Si por casualidad se encuentra con algún vecino, pausa la canción. Toñito es de los que se para a hablar con cualquiera y siempre, siempre, tiene un tema de rabiosa actualidad: que si menuda faena que el ascensor no funcione, que si los pintores no acaban nunca, que si ya me conozco yo a estos del seguro. Y no lo cuenta una vez, no; tiene la manía de repetir lo mismo dos o tres veces. En su presencia, algunos vecinos suelen creerse atrapados en el tiempo, enfrascados en la misma conversación una y otra vez, pero no dicen nada, son buena gente y saben de quién es hijo; su padre fue presidente de la comunidad durante muchos años y dejó las cuentas saneadas, la caldera nueva y una antena parabólica en la azotea. Por eso, a pesar de la intriga, las pausas y las gotitas de sudor que recorren la frente de Toñito cuando cuenta algo, los que ya le conocen tardan un rato en mandarlo a la mierda con el típico “tengo cosas que hacer”, o el favorito de las amas de casa: “me voy que se me quema la comida”.

El otro día sin ir más lejos, Toñito se encontró con el nuevo inquilino (un tipo raro de esos a los que no les gusta hablar con desconocidos) y no desperdició la oportunidad de, como dice él, integrarlo en la comunidad: “Hola, soy Jose Antonio. Tú debes de ser el nuevo, el del 4ºB. Yo vivo justo debajo.  Es una faena esto de subir y bajar por la escalera, ¿verdad? pero hasta que no arreglen el ascensor… Por cierto, ayer soñé que era el presidente de la comunidad y lo primero que hacía, nada más jurar el cargo, era arreglarlo. Los vecinos se pusieron tan contentos que estuvieron toda la mañana subiendo y bajando, una y otra vez. Hacían cola en el descansillo y el que llegaba el último pedía la vez, como en la pescadería. Yo de vez en cuando me asomaba por allí y todos me aplaudían al grito de ¡Presidente! ¡Presidente!... bueno, todos excepto la señora Felisa, no sé si la conocerás, que a sus noventa y dos años bajó por la escalera diciendo que el nuevo ascensor estaba loco, que la había subido a un piso que no era el suyo. Pero si usted viven en el bajo, le dije… bueno, bueno, no sabes la que se montó. Los vecinos la respaldaron, qué sé yo, a lo mejor por antigüedad, y comenzaron a gritarme ¡Fuera! ¡Fuera! y no te creas, que lo pasé mal, y luego pensé: Qué solo se está en el poder…  ¿qué? ah… ¿ya te vas?, claro, tienes cosas que hacer. Pues nada, hasta luego.”


sábado, 29 de marzo de 2014

CREE EL LADRÓN...

Todos los familiares de Andrés Fontana Zúñiga, veintisiete nada menos, entraron por la puerta de la casa en estampida. El salón era muy pequeño y cuando se vieron  demasiado apretados fueron pasando a las habitaciones. La casa de Andrés era una casa humilde, sin teléfono ni televisión, con desconchones en las paredes, muebles comidos por el sol y ventanas que cerraban mal, pero sus familiares no dejaron un armario por abrir, un cajón por vaciar ni un cojín ni colchón por rajar. Volcaron las macetas y examinaron la tierra, unas macetas con geranios donde Andrés depositaba agua de vez en cuando, y todo el tiempo que no empleaba en salir a los bares, el puticlub o las tiendas de la capital. La tierra comenzó a extenderse por el suelo haciéndolo resbaladizo y entonces alguien gritó ¡Orden, orden!

Las veintisiete personas que habían entrado eufóricos en la casa de Andrés, al cabo de un  rato empezaron a sentirse cansadas. El mismo tipo que antes solicitó un poco de orden, se sentó en una silla vencido luciendo esa mirada perdida que le dice adiós a un sueño que se marcha. Andrés no tenía hijos ni parientes en el pueblo y también tuvo que decir adiós a la mayoría de los que ahora estaban allí, pero con el paso del tiempo, tuvo que aceptar que lo habían olvidado.

Un niño de siete años, hijo de un sobrino de Andrés, apareció en el comedor con una baldosa en la mano. Al principio nadie le hizo caso, pero el mismo tipo que había gritado orden y más tarde fue visto en una silla mirando al infinito, se dio cuenta de que el niño había encontrado lo que buscaban. El hijo del sobrino de Andrés, que seguro tenía un nombre moderno como Yónatan o Kevin, encabezó la marcha hasta el sitio exacto donde había encontrado la baldosa suelta. Unos cuantos se tiraron al suelo para meter la mano por el hueco que había excavado. En un momento dado, alguien alzó su brazo hacia arriba empuñando el asa de una maleta de cuero. Todos se echaron hacia atrás y rodearon al portador de la maleta como si se tratara de un dios. Las risas estallaron contagiadas por el hallazgo y los veintisiete familiares de Andrés iniciaron una  vorágine de abrazos y besos tal, que ni los primos más lejanos fueron excluidos.

Andrés cultivó todas las tierras de su familia, como el último guerrero de una estirpe destinada a la extinción. Uno de sus parientes conocía al alcalde del pueblo, y de vez en cuando le llamaba para preguntarle por Andrés y este le decía: Ese no se gasta ni la hora.

Eran las cinco de la tarde, y en la mesa del comedor, ajena a los cincuenta y cuatro ojos que la observaban, descansaba la maleta de cuero que, según los cálculos de los familiares de Andrés, contenía más de medio millón de euros. El tipo que había gritado orden y que también había sido el primero en sentarse para luego fijarse en el niño de la baldosa, se encontraba de pie frente a la maleta. ¡Ábrela ya!, gritaron a coro los veintiséis familiares que lo rodeaban, pero en el silencio creado por la expectación, se escucharon unas campanas escuetas y pausadas. Entonces alguien miró su reloj y dijo: ¡Coño, el entierro!

Durante la misa, los veintisiete familiares de Andrés estuvieron vigilándose los unos a los otros. Habían decidido dejar la maleta en la casa y no permitir que nadie se ausentara de la ceremonia bajo ningún concepto, pero después del sermón, el sacerdote tuvo a bien añadir unas palabras a título personal que les desconcertaron: Ayer se nos fue nuestro hermano Andrés, un hombre solitario, encerrado en sí mismo, un hombre generoso en las limosnas que por otra parte tenía fama de tacaño, roñoso, incluso de avaro, y no me avergüenza decir que sí, que lo era, pero no con Dios Nuestro Señor, sino con vosotros, los hombres. Por eso murió como vivió, pobre y solo.

Veintisiete personas vestidas de negro, incluido el niño de la baldosa llamado Yónatan o Kevin, echaron a correr hacia la casa de Andrés bajo la mirada estupefacta de la gente que asistió a la misa. El tipo que antes casi abre la maleta, esta vez, sí que la abrió, pero sus ojos se abrieron aún más al ver la colección de revistas pornográficas que el bueno de Andrés había comprado por correo durante años. Las esposas de sus maridos, desesperadas, empezaron a desgarrarlas entre maldiciones y lágrimas teñidas por el rímel mientras que los hombres pensaron que tampoco hacía falta romperlas, pero ninguno se atrevió a decirles nada.




Fotografía: www.theweirdworldof.com




lunes, 3 de febrero de 2014

LA PRINCESA, EL PRÍNCIPE Y EL SAPO

LA PRINCESA

La princesa no comía. La princesa no se peinaba. La princesa no dormía.
El rey, preocupado por su hija, envió al sirviente con las orejas más grandes a escuchar detrás de la puerta y halló la respuesta: Estaba enamorada del mayor canalla del reino.
—¿No te das cuenta de que ese hombre no tiene cabeza?
—Me da igual si tiene cabeza o no, me casaré con él, padre.
Dicho esto, el rey mandó decapitar al joven y la princesa pudo casarse, y entonces volvió a comer y a peinarse y a dormir por las noches, junto a su amado caballero.


EL PRÍNCIPE

El apuesto príncipe bajó de su caballo. La sangre de mil enemigos goteaba de su espada sobre el suelo del castillo. El rey lo estaba esperando sentado en su trono:
—¿Venciste todas las batallas?
—Tal como le prometí.
—¿Conquistaste las tierras del Norte?
—Sí, majestad, y las del Sur…
—¿Y las del Este?
—Las del Este y las del Oeste, majestad.
El rey hizo un gesto y un criado entró con una cajita de madera.
—Muy bien, pues aquí tienes lo que acordamos: la mano de mi hija.







EL SAPO

Un sapo saltaba feliz por el bosque. De pronto, se encontró a una princesa tumbada en el suelo mirándolo y esta le dijo: 
"Si me das un beso me convertiré en una atractiva ranita".
El pobre sapo se lo pensó un momento, pues le daba un asco atroz besar a una joven princesa de cabellos dorados y mirada angelical, pero finalmente accedió. Entonces la princesa se levantó y se fue corriendo y riéndose del sapo porque se había creído ese estúpido cuento de ranitas encantadas.


jueves, 26 de diciembre de 2013

NO TAN ELEMENTAL, QUERIDO WATSON


El doctor Watson entró en la habitación. Los vapores etílicos que durante la noche habían consumido el aire del cuarto le golpearon en la nariz. Holmes no se encontraba allí pero sus sábanas todavía estaban calientes. Watson se atusó el bigote con el fin de adivinar su paradero, pero unos ruidos provenientes del cuarto de baño le dieron la respuesta.
—¡Holmes, creo que tengo algo! —gritó emocionado, y se sentó en la cama a esperar.
Pasados unos minutos, la puerta del baño se abrió. Holmes apareció vestido con un batín y sin emitir saludo alguno, fue caminando lentamente hasta una silla situada cerca de la ventana. Luego sacó una pipa del bolsillo y tras metérsela en la boca le arrimó una cerilla. Watson interpretó ese silencio como vía libre para exponer sus conjeturas y sin perder un segundo procedió:
—Esta mañana he visitado a  Miss Stapleton y me ha dicho que salga de la ciudad. Lo más curioso es la picardía que empleó al hacerlo pues, lejos de querer amenazarme, aprovechó para decírmelo cuando el señor Stapleton estaba ausente. No sé, Holmes, creo que me ha debido confundir con Henry Baskerville y pretendía avisarme de algo, lo que me lleva a pensar que quizá el señor Stapleton también esté relacionado con la muerte de Sir Charles Baskerville.
Envuelto en su propio humo, Holmes se rascó el mentón como si pensara en algo. Watson prosiguió.
—Tenemos pruebas de que el verdadero asesino es ese perro endemoniado que merodea por el páramo, pero… ¿Qué crees que pretendía Miss Stapleton al darme ese mensaje?
Holmes cerró los ojos y comenzó a masajearse las sienes con los dedos. Al cabo de unos segundos miró a Watson fijamente y dijo:
—Watson, lo único que creo es que deberías volver luego. Tengo una resaca espantosa.



lunes, 28 de octubre de 2013

DE CLASE BAJA



A merced del viento, una bolsa de plástico se eleva en libertad por encima del bullicio de los coches y de la gente. Se trata de una bolsa blanca, de esas de clase baja, que parece ser feliz sobrevolando los tejados de la ciudad. Se le ve bailar al son de un remolino y luego de otro, no tiene alas pero se diría que puede subir hasta el espacio. Quién lo hubiera dicho, ¿verdad?, una simple bolsa de plástico en el espacio. Sin embargo duran poco los sueños de las bolsas de clase baja. El cielo se llena de nubes, el viento la zarandea, y la misma tormenta que antes la elevaba ahora la precipita hasta el suelo. Pobre bolsa de plástico. Una señora la coge y se la pone en la cabeza. Está lloviendo y se le puede estropear la permanente. La bolsa de plástico entonces llora como nunca antes había llorado, pero nadie lo nota porque sus lágrimas se mezclan con la lluvia, y la señora se la lleva puesta, se la ve muy contenta con su nueva adquisición.


miércoles, 23 de octubre de 2013

GARROTE



Pero oiga usted ¿Qué tipo de contestación es esa? Ande, ande, tire para allá que ya le explicarán los compañeros.

—Pero es que yo preferiría no hacerlo.

—Y dale con la mula al trigo. Olvídese de la parte negativa de su trabajo, hombre. Además, una vez que empiece verá como no es para tanto, con el tiempo puede que le coja el gustillo y todo.

—¿El gustillo?

—No me malinterprete, quiero decir, que mire para otro lado, que no se lleve el trabajo a casa y mucho menos a la conciencia, que en esta vida cada uno hace lo que debe y aquí paz y después gloria.

—No si yo no malinterpreto, lo que pasa es que…

—No me sea usted aprensivo, que aquí no estamos para juzgar a nadie
. Es usted un hombre ¿verdad? Pues póngase firme, levante la cabeza, saque pecho y cumpla con su trabajo, cojones.
—Mire, yo no quisiera faltarle a usted ni a la patria, dios me libre, pero es que yo…

—Ya lo sé, preferiría no hacerlo, pero entonces ¿por qué carajo aceptó usted el puesto de verdugo?


 

miércoles, 16 de octubre de 2013

DÍAS VACÍOS




Estaban llamando a la puerta. Hacía solo dos horas que me había acostado y aún estaba borracho: ¡Abre, viejo loco!
Era John Martin, mi primer y único editor. En la fiesta de anoche hablamos de comer juntos y se supone que debía abrirle, ofrecerle mi hígado en una bandeja de plata y toda esa mierda, pero decidí que merecía un descanso. Guardé silencio esperando a que se marchara:
¡Maldita sea, está bien! —dijo vencido— volveré esta noche con Linda y Cloe.
Eso último me despertó. Digamos que sonó bien, muy bien. Esa tal Cloe me estuvo vigilando durante toda la noche y me debía una explicación. Me bebí una botella de vino mirándole a los ojos. Acaricié su joven cuerpo sin tocarlo. Tuve una erección y me fui al baño. Cuando regresé sus ojos habían desaparecido. ¡Malditas pijas! Les pareces exótico porque no usas champú y te dedicas a sobrevivir, hacen que pierdas la cabeza por sus frágiles cuerpos, pero una vez satisfecha su ración diaria de sexo platónico, se van a casa de papá como buenas hijas y a ti te dejan tirado oliéndote el culo, como un perro abandonado en una gasolinera. Luego intenté meterle mano a su amiga Linda, pero estaba tan ciega que me hubieran acusado de necrófilo. La dejé durmiendo la mona sobre un sofá de cuatro mil pavos. La fiesta se fue animando y todos los intelectuales soplapollas y artistas con casas en Malibú se pusieron a bailar algo que parecía una coreografía ensayada; incluso la viuda más famosa de los Ángeles —un esqueleto con más de doscientos años— movía sus pies a la perfección mientras sostenía en brazos un perrito subnormal de pelo dorado. Ese momento de euforia generalizada me pareció el más propicio para colocarme detrás de la barra, hacerme con una botella de whisky y desaparecer de aquel nido de buitres subido en mi Comet sin luces del 62.

La resaca me estaba otorgando momentos de lucidez y decidí preparar el terreno para la noche. Esta vez, Linda y Cloe no iban a marcharse sin probar la máquina de follar, además, pensé que sería un buen título para uno de mis libros.
Cogí dos bolsas de basura y fui llenándolas con todo lo que encontré por el apartamento: botellas vacías, cartones de vino vacíos, latas de cerveza vacías, envases vacíos, mentes vacías, días vacíos… Desayuné medio cigarro que había en un cenicero y el culo de una botella de ginebra. Encendí la radio. La música clásica sonaba por toda la casa; subí las persianas y el sol bañó el apartamento con microscópicas partículas de luz que se fueron convirtiendo en polvo sobre polvo.
Salí a la licorería y compré veinte latas de cerveza y un par de botellas de vino. Seguramente John y las chicas traerían más botellas. Volví a mi apartamento, abrí una cerveza, me tumbé en la cama y soñé con Cloe: sus muslos blancos y frescos se derretían al tocarlos como la nieve bajo el sol, éramos felices en un absurdo mundo almidonado pero cuando fui a besarla, un vómito de sangre invadió la blancura de su piel. Sabía que me estaba desangrando, necesitaba ir a un hospital y rápido, pero no podía dejar de acariciar aquellos maravillosos labios. En mi último aliento antepuse el placer a la muerte y entonces viví para siempre…
Hasta que desperté.
Otra vez llamaban a la puerta. Ya era de noche. Serían Martin y las chicas. Abrí en calzoncillos y allí estaban: mí jodido editor con una botella de whisky.
Descorché el vino y calenté un trozo de asado que encontré por la nevera. Ninguno de los dos probamos bocado. Nos bebimos el vino y luego las cervezas. John no quiso decirme por qué demonios no estaban allí los coñitos de Linda y Cloe. Me preguntó por mi novela. Le dije que bien. No quise decirle que ya la tenía acabada.
John se marchó de madrugada. Yo me quedé con su whisky. Satisfecho, borracho, pensando que con las mujeres no hay que andarse con prisas pues siempre hay tiempo para cagarla.
(680p.)
“Disfrazado de Charles Bukowski.”